El arte de huir para poder encontrarse
Entre el desapego y la permanencia, el movimiento como única forma de pertenencia
Autor
Marta Lomba
Tiempo
3 minutos
Fecha


El arte de huir para poder encontrarse
El otro día escuché una frase que decía: “soy más de irme que de quedarme”. Puede sonar triste si se mira desde la pérdida, pero quizá sea justo lo contrario: una forma de lealtad radical hacia el movimiento. Hacia lo que todavía no eres, y hacia las versiones de ti que aún están por aparecer. Porque, en el fondo, todo aquello que te hace crecer te separa de lo conocido. De lo que creías tuyo. Y quizá ahí está la primera trampa: creer que algo puede pertenecerte del todo. Nada es fijo. Nada se queda quieto. Ni siquiera tú.

No hay una forma más honesta de conocerse que desapegándose de lo que uno cree ser. Soltando, aunque sea por un instante, la identidad como certeza. Cuestionando lo que dabas por hecho. Desarmando lo que te sostiene. Como si el conocimiento propio no fuera un refugio, sino una salida. Un pequeño salto al vacío. Y es curioso, porque yo solía ser alguien muy arraigado. Y, en cierta medida, lo sigo siendo. Pero ahora dejo espacio. Espacio para que entren otras versiones de mí misma. Otras miradas. Otros lugares desde los que verme. Aunque duela. Aunque no sea inmediato. Porque no siempre hay que quedarse para comprender. A veces basta con irse.
A veces nos invade el miedo. Pero quizá el verdadero problema no es el miedo, sino quedarse donde ya no hay expansión. Donde todo está dicho. Donde nada incomoda lo suficiente como para transformarte. “Lo cómodo no siempre es hogar; a veces es solo costumbre.” Y la costumbre, si no se cuestiona, se convierte en una forma suave de abandono. Abandono de lo que podrías llegar a ser. Por eso creo que el miedo no es cobardía. Es evidencia de que algo importa. De que hay una dirección posible, aunque aún no tenga forma. Y atravesarlo, más que un acto valiente, es casi un acto de honestidad. Me resulta paradójico, pero es así: la estabilidad me genera inquietud. No porque no la valore, sino porque sospecho de su quietud. De su capacidad para anestesiar. En lo estable, a veces, no hay riesgo… pero tampoco descubrimiento. Y quizá lo que más me inquieta no es la estabilidad en sí, sino la posibilidad de quedarme demasiado tiempo dentro de ella. De no intentar. De no probar. De no ir más allá. Supongo que eso es lo que realmente me da miedo: estancarme. No sentirme en movimiento. No reconocerme en el cambio. Por eso, a veces, me muevo. Me aparto de lo conocido para ver hasta dónde puedo llegar. Para comprobar quién soy cuando no me sostiene nada familiar. Para enfrentarme a lo que evito. Incluso a mí misma. Cuestionarlo todo. Si todo vale. Si nada vale. Si lo que soy hoy es una forma definitiva o solo una versión provisional. Y cuando empiezo a sentirme cómoda otra vez, cuando todo encaja demasiado, vuelvo a moverme. Vuelvo a abrir una grieta. Vuelvo a trazar otro mapa. ¿Huyo de mí misma o de lo conocido? Quizá no sea una cosa ni la otra. Quizá solo sea una forma de permanecer viva dentro del cambio. Y si es así, entonces no es huida. Es búsqueda. Hay un lugar donde quise quedarme, pero también tuve que irme. Ahora, en cada sitio, vuelve esa sensación de querer marcharme, como si en ningún lugar pudiera realmente pertenecer. Y aun así, sigo. Porque quizá no se trata de pertenecer. Sino de moverse lo suficiente como para entender que, en realidad, nunca hubo un sitio fijo al que llegar.

