El lujo de perderse con rumbo
Cómo viajar con mochila, poco dinero y mucha curiosidad puede abrirte la mente más que cualquier hotel de cinco estrellas.
Autor
Marta Lomba
Tiempo
2 minutos
Fecha


El lujo de perderse con rumbo
Viajo desde los trece años. Pero no hablo de esos viajes tropicales en los que todo está organizado, pagado, las maletas llegan solas y tú solo decides qué ponerte para la foto. Viajes donde tus padres lo resuelven todo. De hecho, nunca he hecho un solo viaje con mis padres. Hablo de recorrer Europa en una furgoneta durante quince días con otras quince personas. De dormir en trenes nocturnos. De no saber dónde vas a pasar la noche. De llegar a un país nuevo y que alguien a quien apenas conoces te abra las puertas de su casa como si fueras parte de su familia. De usar Google Translate para poder comunicarte, a base de intuición, gestos y paciencia. Ese ha sido siempre mi tipo de viaje. Y, si me preguntas, lo amo. Nunca he sido de hoteles con pulsera de todo incluido ni de cruceros gigantescos. Y, siendo honesta, ese tipo de experiencia me resulta profundamente aburrida. Porque ahí todo está resuelto de antemano: no hay margen para la sorpresa, ni para el error, ni para la improvisación. Y sin eso, el viaje pierde una parte esencial de su sentido. Sin improvisación, mis amigos Nuria, Rubén y yo probablemente nunca habríamos descubierto que Transilvania no es una ciudad, sino una región de Rumanía; ni que no se puede meter la cabeza en el Mar Muerto; ni que en Istanbul un kebab no lleva salsa pero sí patatas fritas; ni que puedes acabar en una pista negra de esquí sin saber muy bien cómo; ni que puedes volar en parapente por 20€ mientras te preguntas si todo esto es una buena idea. Pero siempre, do it for the plot. Porque sin improvisación, el viaje pierde su sentido. Y, sobre todo, pierde toda la gracia.

Viajar como forma de aprendizaje
Con el tiempo entendí algo importante: no tener recursos ilimitados no es una limitación, puede ser una ventaja. Y muchas veces, incluso, te lleva a lugares que no habrías imaginado. Cuando viajas con poco, te vuelves más observadora, más resolutiva y más abierta a lo inesperado. En mis veinticinco años he visitado alrededor de quince países, y hoy agradezco no haberme acostumbrado nunca al lujo. Tampoco podría, para qué mentir. Porque aunque no haya dormido en hoteles de cinco estrellas, muchas de las experiencias que he vivido sí lo han sido. Viajar, en ese sentido, es una de las formas más intensas de aprendizaje informal: la universidad de la calle. La teoría del aprendizaje experiencial defiende que aprendemos de forma más profunda cuando vivimos situaciones reales, nos adaptamos y reflexionamos sobre ellas. Viajar encaja exactamente ahí: acción, error, adaptación y comprensión. Y si además viajas con personas alineadas contigo, el aprendizaje no solo se multiplica, también se comparte.
Aprender a moverse en lo desconocido
Viajar con pocos recursos te obliga a algo que no siempre practicamos en la vida cotidiana: pedir ayuda. Hablar con desconocidos aunque no domines el idioma. Preguntar direcciones. Escuchar. Perderte. Encontrarte. Te empuja a confiar en los demás, pero también en ti misma. Durante la ESO participé en intercambios con mi grupo de música. Muchas familias me acogieron en sus casas sin conocerme. Me enseñaron su comida, sus rutinas y su forma de vivir con un orgullo contagioso. Y yo intentaba entenderlo todo con lo poco que tenía: palabras sueltas y gestos. Hay algo profundamente humano en ese intercambio genuino.

